miércoles 22 de febrero de 2012

XXI.

No sé si habrá sido esa catarata grisácea escapando bajo su bigote, o las huellas aromáticas del empaque de tabaco que llevaba en la mano, lo que me cautivaba cuando lo veía fumando bajo las ojeras del cielo antes de abrir la puerta y venirme a abrazar. Me gustaba el modo en que sostenía la pipa –que parecía una guarida de masas ígneas– cuando nos sorprendía con chocolates y nos invitaba a viajar. Adoraba esperarlo frente la ventana, con la pijama puesta, y mirarlo estacionar el coche para luego hacerle prometer que ‘algún día’ me enseñaría a manejar. Eran imágenes del mundo que cualquiera convertiría en postales. Lo malo es que a uno nadie le dice que son propensas al escape y entonces no da tiempo de apresarlas, con espíritu de retratista, para que el tiempo no se las pueda llevar. Quisiera volver a verle con esa humareda huyendo de sus labios, perseguirla hasta el fondo de su copa de cristal cortado y que me rescate, como antes, llevando esa bata de color azul rey que tanto le gustaba usar.

domingo 29 de enero de 2012

Calcetines

Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Diecinueve parejas esperando autorización para adherirse a dos extremidades friolentas. Casi teinta y ocho evasores de ampollas, de gérmenes, y sólo a regañadientes se dejan empolvar con talco por el bien de las narices ajenas.
Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Tomar cuidadosamente las tijeras y dejarlos en libertad. Sentir pena por ellos. Nunca habrán de codearse con una lujosa dupla de tacones, nunca habrán de conocer el mar. Su destino será perderse en un basurero sin haberse besado con la arena, sin humedecerse en la nieve y sin dejarse envolver por sandalias que recorran empedrados para tropezarse con un chicle o los agonizantes restos de una nieve de limón.
Cortarle la etiqueta a un par de calcetines nuevos. Buscar la estrategia ideal para combinarlos. Confeccionar un croquis mental de ganchos, estantes, cajones y cajas de zapatos deportivos para encontrar a la pareja ideal de cada funda de pie. Y es que –claro está– los calcetines son ermitaños por excelencia. Viven solos y se reencuentran –como los andróginos– con su ‘otra mitad’ hasta el final de su existencia, hasta que alguno de ellos es sorprendido con una abertura más o menos redondeada o su resorte pierde la fuerza para evitar que la tela resbale desde el talón y hasta el tobillo. Entonces, y sólo entonces, las parejas vuelven a encontrarse y parten juntas hacia un lugar mejor.

jueves 12 de enero de 2012

La Hidra Mexicana

Alguna vez –allá por 2008– era una estudiante que todos los meses cargaba orgullosa con su ejemplar de Letras Libres. Ya es bien sabido que uno es reflejo de lo que lee y, por aquel entonces, yo quería ser académica/filósofa/escritora, por lo que me devoraba aquellas páginas en la comodidad de mi hogar. Ahora que ya no tengo tiempo para leer ni escribir sobre aquello que me gusta (y con el estilo que me gusta), dependo de Twitter y uno que otro blog para revisar los escritos de aquella publicación.
Hoy encontré un texto disfruté y considero pertinente para ‘estos tiempos’. Yo nunca publico nada de política pero bueno... aquí va el link: La Hidra Mexicana, de Roger Bartra.

[Llamó mi atención por el título. Me considero admiradora de la Hidra de Lerna, monstruo de la mitología griega capaz de generar dos cabezas en caso de que una le fuera cortada]

miércoles 28 de diciembre de 2011

XX.

He vivido durante un cuarto de siglo y dediqué un par de horas del último 25 de diciembre a confeccionar helados de plastilina en una fábrica de juguete cuya caja especifica: “De 3 años en adelante”. Y es que la suerte de haber recibido tremendo regalo obedece a que yo, a mi edad, no he dejado de creer en Santa Claus.

Siempre me gustó la navidad. Cuando tenía como siete u ocho años, fui a una papelería con mi abuelita y compramos todo lo necesario para crear adornos navideños. La verdad es que eran horrorosos –parecía que mis ángeles tenías las órbitas oculares huecas– pero mi mamá hizo de tripas corazón y aseguró su ascenso al paraíso colgándolos del árbol familiar durante más de una década.

Adoraba decorar el pino artificial con ella. Teníamos varias series de luces de colores y miles de adornos –más de la mitad (mal)hechos por mí– que tardábamos una o dos tardes enteras en acomodar. También era feliz distribuyendo las figuras del nacimiento. Cuenta mi madre que era especialmente cuidadosa cuando se trataba de acostar al niño Dios en su cama de paja (aunque yo de lo único que me acuerdo es de mi especial predilección por los borreguitos).

Mi casa entera celebraba navidad. El jardín parecía un invernadero especializado en nochebuenas y adentro del hogar había carpetas con figuras bordadas, juegos de baño, vajillas, vasos y servilletas conmemorativas y un muñeco de nieve que guardaba todas las cartas que de niña le escribía al comandante en jefe de Rodolfo el reno.

Bajo el riesgo de pecar de ególatra, pienso que mis misivas eran particularmente tiernas: siempre iniciaba mis peticiones esperando que mi pedido no importunara al receptor y me mostraba como una infanta consciente y preocupada por todas las obligaciones que tenía el viajante que recorría el globo entero durante una sola noche de finales de diciembre. Por último, mis cartas terminaban deseándole una feliz navidad e incluían saludos para la esposa del portador del traje rojo y barba de color de nieve.

Pues sí, yo era fan de Santa Claus. En una ocasión –tendría yo unos cinco o seis años– mi papá invitó a cenar a un amigo suyo durante la noche del 24. El hombre era idéntico al dueño del trineo. Evidentemente, se lo dije a mi padre, que buenamente me recomendó comentárselo. Y sí, con un poco de pena, me acerqué al doctor Espinoza y dije:

–Doctor… mi papá dice que usted se parece a Santa Claus.

–¿Ah, sí? Pero si yo no me parezco a Santa Claus, ¡yo SOY Santa Claus!

[mi quijada cae al piso]

–Pero…pero… ¿y el trineo? ¿y los renos? ¿y los juguetes? ¿y por qué no trae puesto su traje rojo?

–Ah, pues todo lo tengo escondido. ¿Vas a guardar el secreto?

[mi papá observando y yo viéndolo con sospecha]

–¡Si!

Pasé el resto de la noche en shock. Santa Claus no sólo era amigo de mis papás: además cenaba y bebía vino. Me preguntaba si la mujer que tenía a lado era la verdadera señora Claus. Cuando me dio sueño, me fui a dormir pero ya entrada la madrugada, vi luces bajo mi puerta, corrí horrorizada a contemplar mi chimenea vacía y procedí a preguntar:

–¿Qué no es muy tarde ya? ¡Santa no va a alcanzar a repartir los juguetes!

Santa me aseguró que tenía tiempo de sobra para recorrer el mundo. No mintió. A la mañana siguiente, los juguetes que solicité –y mi emoción de siempre– estaban ahí.

El domingo Santa Claus me dejó en la sala una fábrica de helados de Play-Doh. Se enteró hace un par de semanas de que cada que recorría los pasillos de las jugueterías veía la caja de plastilina con tristeza porque ese regalo nunca llegó a los pies de mi árbol de navidad. Por eso cuando me deshice del papel verde limón y observé la pieza entre mis manos sonreí: Santa Claus sigue cumpliendo su promesa y nunca dejará de hacer mis (¿ridículos?) deseos realidad.

viernes 23 de diciembre de 2011

El puro no, de Girondo

En la masmédula (1957) es mi libro favorito de Oliverio Girondo. La primera vez que escuché los poemas del argentino era estudiante de cuarto o quinto semestre de la universidad. Mi maestra se embriagaba con sus versos y, nosotros, con el ir y venir de su voz. Aunque últimamente hay una declamación anónima que me ha llevado a explorar (y amar) Espantapájaros (1932), comparto este primer poema que leí del artista de Buenos Aires.

EL PURO NO

El no
el no inóvulo
el no nonato
el noo
el no poslodocosmos de impuros ceros noes que noan noan noan
y nooan
y plurimono noan al morbo amorfo noo
no démono
no deo
sin son sin sexo ni órbita
el yerto inóseo noo en unisolo amódulo
sin poros ya sin nódulo
ni yo ni fosa ni hoyo
el macro no ni polvo
el no más nada todo
el puro no
sin no

miércoles 21 de diciembre de 2011

Decálogo del escapista

  1. No volverás a sentir su cabello entre tus dedos. Serás incapaz de recordar su textura, su color a media noche, su forma de acomodarse sobra la almohada al despertar.
  2. Escucharás su risa sólo en sueños, o quizá cuando pases junto a ella y la observes de espaldas. Extrañarás las tonterías que inventabas para transformar su enojo en carcajadas que concluían con un beso efusivo estampado en tus labios.
  3. Olvidarás su aroma, el que dejaba en tu cuerpo y que añorarás durante el tiempo que notes su ausencia. De vez en cuando te confundirás y creerás reencontrarlo en perfumes similares en la calle, pero sabrás que ese rastro aromático no es el de su piel.
  4. Recorrerás el pasillo con plena consciencia de que no hallarás sus ojos en el camino. No volverás a leer sus labios a escondidas. Nunca más te enviará un beso con las manos y nunca más corresponderás el gesto.
  5. Dejarás de ser su cómplice. No te sorprenderá con un abrazo a mediodía ni con su mano rozando la tuya mientras manejas. Las palabras que inventaron juntos se olvidarán porque ya nadie volverá a pronunciarlas. Habrá instantes en que temerás la inevitable llegada del día en que podrás verla a los ojos sin preguntarte: ¿qué nos pasó?
  6. Sepultarás el cariño, los sueños, las pasiones. Llegará otra y pensarás que todo cambió para mejorar. La olvidarás, pero siempre esperando que ella no te olvide.
  7. Dejarás de imaginar una vejez a su lado. No tendrás que convencerte de pasar una eternidad junto a ella porque ya no tendrás que serle fiel. En tu memoria será joven por siempre. Inmortal ante tus ojos, belleza lejana que no verás menguar.
  8. Te aliviará la idea de haberte librado de las peleas durante la hora de la comida. No más silencios incómodos, no más experiencias desagradables que se sumen a la montaña de rencores que cargaban. Luego recordarás sus reconciliaciones: el sexo a escondidas, sus ojos diciéndote que no quiere perderte y las promesas que ninguno de los dos podría cumplir y, sin embargo, enunciaban. Y entonces, al menos por un segundo, desearás volver a tenerla cerca... sólo para volver a discutir.
  9. Descenderás del avión, observarás los tejados azules y la noche ocre por encima del Sena. Imaginarás sus abrazos, las fotografías que no se tomaron juntos y crearás tu propia experiencia de París, un París sin ella.
  10. La escucharás con atención. Habrán pasado varios años desde la última tarde en que la besaste. Sentirás un nudo en la garganta cuando te confiese que hubo más de una vez en que contuvo sus deseos por llamarte y que tuvo que pasar un tiempo antes de atreverse a aceptar que jamás volvería a estar junto a ti.

jueves 15 de diciembre de 2011

A puerta cerrada

En 1944, con la publicación de A puerta cerrada, Jean Paul Sartre pronunció una sentencia sin precedentes*: “El infierno son los demás”. En aquella obra, tres personajes permanecen encerrados en un cuarto esperando a ser torturados por las llamas del averno pero terminan por darse cuenta de que el castigo no es ni más ni menos que una eternidad de convivencia sin salir de aquellas cuatro paredes.
Hoy, 15 de diciembre de 2011, me gustaría decir que el infierno contemporáneo bien podría estar en un elevador. La imagen parecería muy simple: un vehículo inmóvil, carente de ventilación y con las paredes de acero en guardia mientras sus ocupantes temen una muerte por asfixia o aplastamiento. Sin embargo, como en el texto de Sartre, la cosa podría empeorar. [Hay que pretender que en este infierno no se requiere de refrigerador, estufa, regadera, W.C. y demás facilidades que tanto resuelven la vida humana]
Espacio reducido aparte, es casi seguro que un elevador es uno de los sitios más silenciosos del planeta. Chonita y Juanita pueden ir echando el chisme pero basta con subirlas al ascensor para enmudecerlas. De hecho, ya en esas condiciones, todo el que hable puede resultar molesto y ser tachado de indiscreto. O ¿por qué otro motivo uno se pondría a platicar en tan estrechas circunstancias? También está su potencial de guardar secretos: muy útil para una pareja (no vamos a discutir si su amor es ‘prohibido’ o no) que finge ‘ir a comprar un café’ pero en realidad busca manosearse a media jornada laboral (sin olvidar, claro, a todos aquellos vanidosos que gustan de revisarse los dientes/peinado/vestimenta en el reflejo de la puerta). Con esto en mente, resulta irremediable pensar en su capacidad de convertirse en un recinto predilecto para que el señor de las tinieblas castigue a los infractores de la Tierra.
En mi propio infierno estaría una de mis ex parejas (sí, el patán que toda fémina recuerda con como ‘el peor error de su vida’), una joven iletrada ‘con la papa en la boca’ (me haría sufrir la muerte lenta y dolorosa de todas y cada una de mis neuronas), un futbolista (si es Rafa Márquez, la cosa sería insuperable) y un físico matemático nuclear con IQ de 174 (que haga sentir estúpida al resto de la comunidad infernal por ser intelectualmente superior al 98% de la población).

¿Alguna vez lo han pensando? ¿Cómo sería su propio infierno?

[Lo bueno es que yo no tengo de qué preocuparme. Como yo soy griega y no cristiana, yo no me iré al infierno, sino al Hades –donde, de hecho, no hay infierno–. Pero les deseo la mejor de las suertes: que no les toque estar encerrados platicando con Dulce María o Ninel Conde hasta el fin de los tiempos]

(*): bueno, igual sí tiene precedentes pero ya se sabe que soy una exagerada.