sábado, 20 de diciembre de 2014

Invierno en París

¿Te conté del día que no se quiso acostar conmigo? 

Fue a buscarme al aeropuerto. Vi su barba mal rasurada y crucé la puertal de “llegadas”. Bordeó a la gente para buscarme. Fingí que no lo había visto. Lo saludé como si nos hubiéramos visto la semana pasada. 


Cenamos. Lo de siempre. Vino rouge. Escargot. Chantilly. Me llevó al castillo, pero era de noche y yo no traía cámara. No guardé ninguna foto. De vuelta a la casa ––un lugar campestre, quién sabe donde–– insinuó que quería coger conmigo. No me dejé. Le dije que ni madres ––como la India María–– y que yo sólo cogía con la gente que realmente quería coger conmigo. 



Adivina qué, amiga. No me cogió.

sábado, 15 de febrero de 2014

Sólo Sanborn's

  Entre las travesuras que mi madre recuerda de mis primeros años, están el “experimento biológico” y “la gran fuga”. La primera ocurrió en mi casa, cuando me metí un frijol en la nariz, y la segunda en el restaurante de Sanborn's, cuando me escurrí de la silla para bebés con el sigilo de un espía y establecí un campo de juegos bajo la mesa.
No fui traviesa desde la cuna, pero sí perfeccioné una que otra diablura cuando empecé a gatear. Riéndose, mi madre cuenta que detectó el frijol por el enrojecimiento de una de mis diminutas fosas nasales. La anécdota de la mesa de Sanborn's, en cambio, la recuerda con un poco de vergüenza: durante una mañana de domingo en que desayunaba con mi padre –el doctor que le prestó las pinzas para realizar la minuciosa operación de extraer el frijol de mi nariz–, el vecino de mesa –"un señor ya grande", dice mi mamá– se acercó y dijo: "Señora, disculpe que la interrumpa, pero su bebé está en el suelo". 

A 26 años del incidente, pareciera que lo único que ha cambiado en Sanborn's es el modelo de sus periqueras para bebé. No es que las tiendas y restaurantes luzcan viejos, sino que siempre se han visto igual. 
Los Sanborn's de México suelen ser memorables por tres características: los búhos del logotipo, la siempre bien equipada sección de revistas y el restaurante. Sin importar el rincón del país al que uno vaya, los molletes y el café están garantizados. No es que el sabor sea espléndido, sino que un bocado de enchilada suiza sabe exactamente igual de cremoso en Hermosillo, Acapulco, Pachuca o en cualquiera de las casi 500 tiendas que hoy posee Carlos Slim, dueño del grupo desde 1985. 

  "Buenas tardes, mi nombre es Mari y hoy voy a tener el gusto de atenderle". 
Hay otra constante en Sanborn’s: las meseras. Mari dice que hoy tengo suerte porque las piñas coladas están al dos por uno. Al principio me resisto a sorber un coctel playero sin estar en la playa, pero el poder de persuasión de Mari es más poderoso que el de Joseph Goebbels. 
Acepto la oferta sin ron –porque estoy trabajando– pero la señora bajita, gordita, de chongo –como todas las meseras de Sanborn’s– me guiña el ojo, vuelve a hacerla de maestro de la propaganda, y yo termino por aceptar las virtudes de la hora feliz. 

En El Mundo de Sofía, el escritor Jostein Gaarder explica el mundo de las ideas de Platón con utensilios de cocina: menciona que cada idea es como un molde y sus representaciones son galletas. En México, todas las galletas –los restaurantes– de Sanborn's parten de un molde que incluye mesas de madera para cuatro personas, una vajilla de cerámica blanca y garigoleos azules, un florerito con un clavel blanco y uno rojo, una servilleta blanca acomodada en forma de tienda de campaña, una azucarera llena (nunca vacía ni a medias) y una botella nuevecita de salsa picante marca Cholula. 
La vida interna de Sanborn's también parece extraída de una receta. El gerente es el hombre de más edad y seriedad. El chico espigado que limpia las mesas camina de un lado a otro con un carrito gris lleno de manteletas blancas y cubiertos. El payasito sólo atiende niños en fines de semana. Por debajo de los uniformes de las meseras –tan coloridos como una piñata– asoman unos zapatitos blancos que se desplazan a toda velocidad. 
Entre enchiladas suizas, cafés descafeinados y machaca con huevo, Mari me dice que ella es casi nueva en la compañía: tiene apenas ocho años trabajando ahí. Eso no es nada si se considera que el gerente lleva 40, dice Mari. Él empezó como lavaplatos. Luego se fue a la parrilla, al piso, a la caja y finalmente alcanzó la gerencia. El director de la tienda, agrega, ya llegó al medio siglo como empleado de la única tienda que, a las ocho de la mañana o a las 10 de la noche tiene igualmente disponible un disco de Juan Gabriel, un perfume o un oso de peluche de dos metros para regalar en un arranque de cursilería. Mari concluye su idea asegurando que pasar muchos años en Sanborn's es cuestión de suerte, y emprende nuevamente su carrera dando pasitos cortos de un extremo a otro del lugar. 

A dos metros de mis piñas coladas hay una joven de cabello negro que está de espaldas y finge que leer para no ser molestada, pero no ha cambiado la página de su libro en diez minutos. En otra mesa está una madre inventándole a su hija que los vegetales saben delicioso. Más allá hay un matrimonio de ancianos y un hombre solitario que –éste sí– lee frente a una taza de café. Y, claro, a Sanborn's también llegas periodistas para escribir una crónica. 
Sanborn’s es México en una botella. 
Al Pujol –restaurante del chef más célebre de México– va la gente que posaría para una revista de sociales. Al puestito afuera del metro van los antojadizos sin miedo a romper la dieta o los oficinistas apresurados. A Sanborn’s va a parar cualquiera: Porfirio Díaz para pedir un banana split, Pancho Villa por el pan y María Félix por las enchiladas. 
Cuando mi marido trabajaba como gerente de mercadotecnia de Disney, su jefa vino de visita desde Argentina. Antes de dejar el país, le pidió que la llevara a conocer un Sanborn’s. 
En 2010, cuando el primogénito de Carlos Slim contrajo nupcias ante más de 1,500 personas –entre ellos un presidente y un Nobel de Literatura, dice Diego Enrique Osorno en el perfil que escribió del empresario– la comida que se sirvió después del banquete fue de Sanborn's. 

Sanborn's puede salvarnos de la catástrofe. Se dice que, en una ocasión, alguien preguntó a Carlos Monsiváis: "¿Qué se llevaría a una isla desierta?". El mexicano dio la única respuesta posible: un Sanborn's. 
Mi vecina –una mujer viuda y sin hijos que cuidar– ha ido a cenar al restaurante para no quedarse sola en Año Nuevo. A la panadería ha ido mi madre a las 11 de la noche porque mi hermana se olvidó de pedir con anticipación la rosca de reyes que debía llevar a la escuela. A la dulcería iba mi abuela a comprar tortugas de chocolate a escondidas de mi abuelo. A un costado de la sección de revistas compré mis primeras tarjetas del Día de San Valentín. Si un papá despistado no tomara suficientes precauciones para Navidad, podría correr a la juguetería y salvarle el pellejo a Santa Claus. 

Podría seguir escribiendo, pero tengo que imprimir y se me acabó la tinta. Son las 11 de la noche y Office Depot ya cerró. Voy a Sanborn’s. 

martes, 28 de enero de 2014

Espejo

Nota: escribí esta autobiografía de 800 palabras para postularme para una beca de periodismo cultural. No gané la beca, pero mis papás lloraron cuando la leyeron.

            Todas las noches, cuando era pequeña, esperaba a que mi padre llegara a casa del trabajo para que me leyera una historia antes de dormir. Eran principios de los noventa y la segunda gran devaluación acababa de pinchar la burbuja que evaporó las cuentas de banco del ciudadano promedio. México sufría. Yo tenía unos siete u ocho años. Mi padre no tenía canas ni mal genio, pero ya estaba un tanto calvo. 
Todas las noches, en camisón de franela y de puntillas frente a la ventana, lo observaba estacionarse. Quería ser doctora y aprender a conducir apoyando un solo dedo en el volante, como él. Cuando mi padre bajaba del coche, una cascada de humo grisáceo escapaba bajo el techo negro de su bigote. Llevaba una pipa en la mano derecha y usaba el antebrazo izquierdo como perchero para colgar su bata blanca. 
Mi padre me enseñó a quedarme despierta a deshoras para leer. Para quien le entrega su vida a la escritura, siempre hay una primera lectura que le mueve el mundo; una imagen que se materializa tan nítida como la escena de una película. Leer es un acto solitario, pero las primeras historias que del papel cobraron vida en mi cabeza surgieron de la voz de mi papá. A los pies de mi cama, él leía y yo observaba. Mientras sus manos daban vuelta a las páginas de El ruiseñor y la rosa, yo miraba a un ave apretándose contra una espina que le penetraba la carne para teñir una rosa con sangre y escuchaba el canto agónico de un pájaro que creía en el amor. 

*

Leemos para encontrarnos en los personajes de las historias que otros escribieron. 
Pasé el resto de mi infancia buscando ruiseñores en los libros porque entre mis amigos de la escuela y las bromas de El Chavo del 8 no había nada parecido. A dos años del cambio de milenio, me golpeó un rayo en medio de una sala repleta de gente con palomitas y refresco. Había leído Los tres mosqueteros y Veinte años después, pero supe de la tercera parte de la historia gracias a una película protagonizada por el héroe de Titanic.  
Devoré El vizconde de Bragelonne en un mes. 
El cine también es literatura. Al principio me obsesionó lo más básico: Dumas y Conan Doyle. Corría del Blockbuster a mi reproductor de DVD y de éste al librero de mi padre, que ya no me leía historias por las noches, pero sí me compraba libros una vez al mes. 
No estudié medicina como él, pero con paciencia de anatomista pasé los veranos adolescentes desmenuzando amalgamas que, en dos horas de imagen y sonido, me provocaban las mismas risas y angustias que, en los libros, descubría palabra por palabra. 

*
Me matriculé en Comunicación para estudiar cine. Empecé a escribir sobre cine para seguir pasando las noches de puntillas –como la niña en camisón de franela frente a la ventana– y hurgar en las historias detrás del monstruo que se compacta en una lata de película. El cine es la Hidra de Lerna: un tronco con ramificaciones –historias– sin fin. Escribir sobre cine es pescar una de las cabezas –director, talento, guión ó género– y enfrentar lo que se oculta detrás. 
Escribimos para que otros se encuentren en los personajes de nuestras historias. 
Las tablas que dictan los mandamientos del periodista y el cineasta son las mismas: hay que contar una historia que sea mejor que las que cuentan los demás, hay que tomar prestado el lenguaje que todo el mundo conoce para hacerse de una voz propia, hay que pasar las mañanas escribiendo –en papel o en celuloide– sólo para que cuando llegue la noche borremos la basura que escribimos por la mañana. Hay que reescribir. 
Mis amigos dicen que tengo el mejor trabajo del mundo porque me he sentado en un sillón a platicar con Quentin Tarantino o he visto a Matt Damon sonreír. Yo pienso que es porque formo parte de una publicación que todos los meses me enseña nuevas maneras de enfrentar a un monstruo de mil cabezas para escribir historias sobre él. 

*   

Ya no vivo con mis padres, pero a veces los visito por las noches. Cargo conmigo el perfil o ensayo que estoy por publicar para leérselos en voz alta y preguntarles qué piensan. Nunca he sido capaz de entregar un texto importante a mi editor sin pasarlo primero por el filtro del oído de mis padres y, últimamente, de mi esposo.
     Cuando llego a la casa de mi infancia, estaciono el coche y, mientras giro la llave enterrada en la chapa de la puerta, veo encendida la luz de su cuarto. Hoy escribo para que cuando los encuentre esperándome antes de dormir, pueda leerles historias que los hagan sentir orgullosos de mí. 

viernes, 2 de agosto de 2013

A quien corresponda


La última vez que Virginia Woolf le dedicó unas palabras a su esposo, con quien estuvo casada durante 29 años, fue a través de una carta que escribió antes de suicidarse en el río Ouse. Si hoy esa misiva es atesorada junto con otras 3,800 epístolas que la pensadora británica redactó a lo largo de su vida, no sólo es porque el texto preserva su personalidad y revela esbozos de su filosofía, sino porque pertenece a una época en la que la redacción de una carta era un acto solemne.
La historia se escribe, dicta la sabiduría popular. Durante siglos –junto con registros contables y documentos del gobierno– la historia se escribió a través de cartas. De ser un instrumento de comunicación privada –siempre de gente educada, claro– se puso al servicio de la religión y el arte. En el Nuevo Testamento están las epístolas a los romanos, a los corintios, a los gálatas, a los efesos, a tantos más. En Frankenstein, Mary Shelley le da vida a un monstruo de piel putrefacta a través del relato de un capitán que mantiene correspondencia con su hermana para describir la rivalidad entre criatura y creador.
Hoy las cartas han perdido su encanto, incluso en Internet. Si se googlea (verbo nacido de la era sin cartas) la palabra “correo”, el primer resultado que arroja el buscador es el de un servicio electrónico de Microsoft. El cuarto resultado enlistado –el enciclopédico– no define el servicio que conlleva el transporte de cartas o documentos de un lugar al otro, sino el “electrónico”. No es sino hasta la parte inferior del navegador que el servicio postal mexicano enlaza a una página que, de primera instancia, muestra una postal en color sepia para referir al viejo edificio de correos que se inauguró, en la Ciudad de México, en 1907. La imagen gastada, con sus anotaciones en letra cursiva, se traduce en nostalgia.
Juan Villoro escribió que pertenecemos a la primera generación que vio desaparecer las cartas. En tiempos de emoticons, TQM's y 4EVERFRIEND's, la redacción de una carta escrita a mano es casi una artesanía. Hoy ya nadie tiene pluma y papel a la mano –para escribir está el iPad o, mejor aún, el iPhone– y, mucho menos, paciencia. Antes el sistema de correo alimentaba la dulce espera entre dos amantes, avivaba la inquietud de una mujer que esperaba noticias de un marido en la guerra. Hoy ya nadie espera y, mucho menos, cuida su prosa: la comunicación electrónica transformó la palabra en obsolescencia, aceleró su caducidad.
La mutación del sistema de correo también transformó al intermediario que solía participar en este proceso de comunicación. Los griegos empleaban atletas que corrían de un lado a otro para entregar una carta. Los mosqueteros se valían de hombres a caballo para transportar una misiva. Los árabes confiaban en los servicios de las palomas mensajeras. Hoy sólo en el universo de fantasía de Harry Potter podría concebirse que una lechuza estuviera a cargo de la entrega de un mensaje que podría enviarse, en segundos, por email.
Hoy no hay esclavo de la cultura de masas que conciba su vida sin correo electrónico. Cuando la extinción de las cartas escritas a mano –y la extraviada sensación de espera– se agradece, olvidamos que, sin cartas, Jonathan Harker no habría descrito al vampiro más famoso de la historia –en Drácula– ni el joven Werther habría narrado las desventuras de su amor en una de las novelas mas icónicas que Goethe entregó al romanticismo. La historia de Romeo y Julieta carecería de tragedia, pues no hubiera existido una misiva extraviada que culminara en la muente de los amantes. Kafka jamás habría expresado su rencor al padre. No habría cartas a ningún joven poeta. Jaimito, el cartero, no existiría.
Julio Cortázar expresó que odiaba las cartas literarias, cuidadosamente preparadas, porque él prefería dejar correr libremente el río de pensamientos y afectos. En estos días en que lo único que recibimos del servicio postal es un montón de cuentas por pagar, la correspondencia del creador de los cronopios y de famas es un tesoro en los estantes y librerías de una sociedad que se ha olvidado de cartear.

lunes, 15 de abril de 2013

Bride to be


Todo inicia el día que tus papás toman la decisión de llevarte a la matiné de una película infantil (en mi caso, Blanca Nieves y los siete enanos) que concluye con un beso todopoderoso que antecede a la aparición de una leyenda que dicta: “Y vivieron felices para siempre”. Y así, con una imagen que te acompañará durante los próximos 20 ó 30 años, te marcan la vida con mayor eficacia que una tortura con hierro para marcar ganado.
Desde este (aparentemente) inocente episodio de vida cotidiana familiar, comienzas a planear tu boda. No tienes ni seis años y ya empiezas a contabilizar el número de caballos que tendrá la carroza (que antes fue calabaza) que te llevará a la iglesia y la longitud del velo o la cola de tu vestido blanco. Como buena soñadora, imaginas cuál será el nombre de tu príncipe y romanceas con el dragón, los hechizos y otros obstáculos que tendrán que sobrepasar antes de, por fin, estar juntos. Y así sucede con todas las niñas (y quien diga lo contrario, miente).

Cuando creces y el mundo comienza a girar alrededor de ti con el primer beso de amor, sonríes pensando que el siguiente paso es esperar a que el hada madrina baje del cielo para entregarte las zapatillas de cristal que usarás en la boda. Luego asumes la ridiculez de confiar el nombre de tus futuros hijos al susodicho que –aseguras– será tu compañero por toda la eternidad y juntos disfrutan de cursilerías como dedicarse canciones y escribirse poemas.
Un mes después, el noviazgo termina. El príncipe se transforma en sapo y, defraudada, te acabas 18 cajas de kleenex asegurando que perdiste al hombre de tu vida y ya nunca podrás volver a amar. Tres días después conoces a un nuevo príncipe en una fiesta y el ciclo comienza de nuevo.

Después de que atestiguas la transformación de numerosos príncipes en sapos, comienzas a dudar de las bondades del hada madrina. Maldices a Blanca Nieves. Escupes en la tumba de Cenicienta. Comprendes que las calabazas no tienen nada de romántico y sólo sirven para decorar una casa en Halloween.
Luego maduras (o eso crees, pero ya luego comprobarás que no). Concluyes que tu mayor deseo ya no es conocer al hombre más guapo del mundo ni celebrar una boda al estilo Disney, sino encontrar a un compañero para compartir tu vida. Ahora pagas tus propios viajes, ropa, gasolina e impuestos. Ahora entiendes que la vida es muy cara y que hay otras cosas a las que vale la pena darle prioridad. Asumes los deseos de tu niñez como una fantasía irrealizable y se acabó. 

Un día, cuando dejas de buscar al rescatista, poeta y extraordinariamente guapo proyecto de esposo, el (verdadero) hombre de tu vida aparece en el camino. Primero ni lo notas. Después medio lo odias. Cuando menos te das cuenta, ya babeas por él. El primer beso de amor entre ambos vuelve a provocar que el mundo gire y hasta les dan ganas de perpetuar barbaridades como volver a dedicar canciones y dejar que los amigos se burlen de lo cursis que son cuando hablan por teléfomo. Lo amas y te ama. Y, algún día (esta vez es en serio), se van a casar.

Antes de que te comprometas con el príncipe, lees en la página de internet de una joyería neoyorquina de gran prestigio (que se distingue por sus cajitas color menta) que, en promedio, una mujer observa su anillo de compromiso un millón de veces a lo largo de su vida (pretexto fantasioso para que el hombre se anime a desembolsar los ahorros de su vida en una piedra de un mínimo de un kilate montada en un aro de platino, piensas). Ríes. Concluyes que cualquier mujer que lo haga sufre de serios problemas demenciales. Después, cuando tienes tu propio anillo en la mano, comienzas a aceptar la aterradora posibilidad de que, en menos de un año, lo hayas visto unas dos o tres millones de veces.
Entonces vuelves a pensar en calabazas y hadas madrinas. Vives en una burbuja hasta que te das cuenta de que la planeación de una boda es un proceso maratónico de la talla de la peregrinación emprendida por quienes caminan rumbo a Santiago de Compostela. Es platicar tus sueños con tu prometido y llegar a un acuerdo (pacífico) que conjunte los planes de ambos. Es definir un presupuesto que nos los deje en la calle. Es no caer en la tentación de hacer la boda al estilo Disney (que tanto despreciabas y ahora te atrae con tanto ahínco). Es pensar que no nada más se paga la fiesta, sino también los muebles del departamento y la luna de miel. Es dejar de planear la luna de miel de tus sueños porque en la oficina se infartan con la idea de que no te presentes a trabajar. Es preguntarse si tu papá (o el de novio) podrá 'cooperar' con algo de dinero para poner más flores en el salón o pedir un cuarteto de mejor calidad para la hora de la recepción. Es llamar a 20 salones de eventos y escuchar que 'ya no estás a tiempo', que ya todo está apartado durante los siguientes 11 ó 12 meses. Es gritarle al novio porque el salón que quieres no está libre el día que quieres. Es pedirle perdón al novio por gritarle porque el salón que quieres no está libre el día que quieres. Es apretar los dientes cuando la viejita de la iglesia te regaña por no estar confirmada y no tener tiempo para pláticas prematrimoniales. Es sentarte un día entero a decidir si quieres pastel o mesas de dulces (o ambos). Es perder la fe en la humanidad porque el abuso económico en contra de quienes se casan cada vez está más a la alza.

La princesa deja de creer en calabazas y hadas madrinas. Deja de buscar la magia porque todo se le complica. Hasta que –claro está, no todo es tormentoso– las cosas empiezan a cuadrar y el universo deja de conspirar en su contra.Vuelve a ser princesa y amá comunicárselo a la gente que le pregunta la fecha exacta de la boda y le pide extender la mano para mostrar el anillo que ha visto tres millones de veces en menos de cuatro meses. Es visualizar el acomodo del mobiliario en el salón contratado para el día más feliz de su vida. Es imaginar el contraste entre el color de las flores de la mesa que, por primera vez, compartirán como esposos. Es platicar en pareja cómo será su vida de casados. Es reír pensando en lo que no podrá faltar en el refrigerador. Es planear dónde guardarán los 70 pares de zapatos y los kilos de ropa que la novia ahora tiene en su casa y pronto mudará al departamento del novio. Es soñar pensando en lo que comprarán cuando viajen para decorar las paredes de su casa nueva. Es fantasear con la cantidad de sueldo que tendrán que ahorrar cada año para nunca dejar de viajar. Es discutir como niños para decidir el nombre que le pondrán al perro que aún no compran y, seguramente, ni ha nacido. Es disfrutar de la primera prueba de vestido de novia con la familia. Es sonreír con la segunda prueba de vestido con las mejores amigas. Es divertirse eligiendo el papel, color y tipografía para las invitaciones de boda. Es completar la lista de canciones para el video de la boda. Es visualizar los ángulos que captará el fotógrafo durante el gran día. Es aguantarse las lágrimas de pensar en la última noche que se pasará en casa de los papás. Es agradecer la oportunidad de envejecer al lado del hombre que amas y decir: “La planeación de la boda no es como la había soñado: es mucho, mucho mejor y no puedo esperar a empezar a compartir el resto de mi vida con él”.

martes, 9 de abril de 2013

Nefertiti


La mirada entristecida de Mohamed se dirige al piso cuando éste se percata de que ha manifestado demasiadas ideas sobre la situación política y social de Egipto y muy pocas sobre las maravillas turísticas que ofrece Dubai. A pesar de que le pedimos que continúe hablando, este hombre árabe que comparte el nombre del profeta del Islam sabe que no debe comportarse como un egipcio melancólico, sino como un guía de habla hispana que trabaja para los Emiratos Árabes Unidos y no puede darse el lujo de expresar la nostalgia que siente por su tierra ante los turistas que han pagado por disfrutar de un tour a través de la nación que aparenta tenerlo todo y, sin embargo, no deja de resultarme parca y vacía.
Mohamed lleva dos años viviendo en Dubai porque en Egipto estaría desempleado. El hogar que dejó en el noroeste de África ha sufrido el doloroso sepulcro de la gloria de la época faraónica –que durante décadas le permitió recibir a unos 15 millones de viajeros al año– hasta transformarse en una urbe caótica y malherida; en una ciudad habitada por individuos sumidos en el desconcierto provocado por un gobierno que les hace sentirse abandonados y que no ha logrado rescatarlos de los pesares que los llevaron a iniciar una revolución que ahora les ha dejado a la deriva.

Una semana antes de conocer a Mohamed, la Plaza Tahrir –en El Cairo– me recibe con tranquilidad bajo el sol de primavera. El espacio público que en 2011 fungió como la principal zona de reunión de un millón de manifestantes que expresaron su inconformidad ante el gobierno dictatorial de Hosni Mubarak hoy está en paz. Han pasado más de dos años desde el inicio de la revolución y, aunque ya no es palpable la violencia en las calles, entre los ciudadanos egipcios puede sentirse una decepción generalizada. Mubarak ya no les oprime, cierto, pero Mohamed Morsi –el primer presidente elegido de manera democrática en la historia de Egipto– tampoco ha logrado transformar el sistema político para sanar a su pueblo.
Aunque sería imposible imaginar que los estragos de tres décadas de subyugación desaparecerían en los nueve meses que Morsi lleva en el poder, la desesperanza que prevalece en la sociedad se escabulle a través de las palabras de los egipcios con quienes platico durante mi estancia en el país. A pesar de que la mayor parte de los sitios de interés turístico se mantienen limpios y en aparente desarrollo, hay incontables rincones urbanos y rurales que, como un gran lamento, expresan pobreza y descuido; son un recordatorio de la falta de orden y desempleo que carcome a una gran parte del país.

El camino que me conduce al barco que me hospedaría para cruzar el Nilo ofrece un panorama cruel: el mundo ha abandonado a Egipto. Los extranjeros desconfían de la seguridad de la nación y se niegan a viajar hasta ella. En la embarcación que me recibe, y se ha salvado de convertirse en un recinto abandonado, hay menos de 30 huéspedes y la certeza de que esta desolación es el peor castigo que se le podría imponer a la amabilidad musulmana me sume en una tristeza insospechada. Con cada sonrisa y gesto de cordialidad que un egipcio me dedica, mi frustración crece. Y por eso, de la noche a la mañana, el Egipto tambaleante que tengo ante los ojos me enamora. Es una nación que, a pesar de que por momentos pareciera estar sumida en la agonía, sobrevive impulsada por un sueño de paz.
El Egipto que subsiste al caos político posee un encanto que se infiltra hasta el alma del viajero que, con cada paso, realiza un descubrimiento histórico y espiritual. Mientras busco una sombra para resguardarme del sol desértico que abrasa al Valle de los Reyes, un grupo de niñas musulmanas se acerca para preguntar mi nombre. “Me llamo María. ¿Y tú?”. “Fatma. Yo me llamo Fatma”. La valiente que encabeza la caravana sonríe y me toca el cabello que ella lleva oculto bajo una mascada floreada antes corregir a las amigas que –afirma– no pronuncian bien mi apelativo. Me preguntan si puedo hablar en árabe. Apenada, le digo que no, pero que me gustaría aprenderlo porque pienso que es uno de los idiomas más hermosos del mundo.
Esa misma noche, Reda –mi acompañante en Egipto– nos lleva a recorrer las calles de Luxor. En una esquina, un joven dice “Salaam” para expresar un saludo de paz y, frente a un puesto de verduras en el que una mujer escoge tomates para preparar la cena, hombres de tez morena y barba profundamente negra cantan y ríen mientras fuman shisha, beben café y juegan dominó. Así es la vida egipcia, tan rebosante de una calidez que los noticieros occidentales no saben retratar y, en su lugar, ocultan bajo encabezados escandalosos que sólo se enfocan en manifestaciones de violencia exagerada y fuera de control. Y así continúan pasando mis días en Egipto: sumando escenas cotidianas y aparentemente insignificantes a los recuerdos de un andar por el mundo que –espero– nunca se detenga.

Desde una explada gigantesca del desierto africano, me despido de Egipto. Observo tres prodigios que se alzan del universo de los muertos para confirmar que no existe fotografía que pueda hacerle justicia a la belleza de contemplar, frente a frente, la magnificencia de las Pirámides de Giza. Recuerdo la serenidad del Nilo y los atardeceres que presencié y me lamento por no haber planeado un viaje más duradero. Al día siguiente, desde un avión con destino a Dubai, observo por última vez el paisaje arenoso y veo las estructuras de El Cairo empequeñecerse. Cierro los ojos pensando en la magia de esta tierra que tanto me ha fascinado y confío en que llegará el día en que Egipto vuelva a levantarse y que detrás de las sonrisas que las niñas musulmanas me dedicarán cuando vuelva, estará un país sanado y fuerte, una nación más hermosa de la que ahora es.


viernes, 18 de enero de 2013

Cadáveres


Abordo de un camión destartalado, viajan los restos de la Navidad; los despojos de la felicidad que año con año se cosifica en una planta de tronco leñoso y elevado que, de no haber abandonado su lugar de origen, podría ramificarse hasta tocar el cielo. Arrastrados por un vehículo motorizado, emigran los receptáculos de sorpresas envueltas en papel de colores y moños que una madre (o abuela) precavida guardará para reutilizar en otra ocasión.
Ahí se desplaza –soportando los baches que revisten las calles y el calor del mediodía– un conglomerado de hojas estrechas y puntiagudas que sufren la desnudez que les aqueja; miembros desabrigados del atractivo de una serie de luces que los mantenía en calor. Y es que, anualmente, el pino que crece en medio de una multitud de coníferas, deja las montañas y la mancha verde que lo vio nacer para asumir el cargo más relevante de su existencia: el de covertirse en árbol de navidad.
Sin embargo, el puesto honorífico dura poco. El mismo pino que en un principio funge como el símbolo navideño por excelencia, termina por transfigurarse en material de desecho, en las sobras de los brindis que ya no existen y la lista de deseos que se materializará meses después.
Abordo de aquel transporte de cadáveres, el individuo se transforma en masa; deja de ser objeto de dicha y fotografías para abrasarse a otros iguales a él. Viajan juntos y, a la vez, en la más abismal de las soledades: se saben presas de un pasado de gloria que no volverá y, por el contrario, les ha condenado a extrañar las alegrías que durante semanas regalaron a las familias que ya no les permiten ser parte de su hogar.