Soñé con una gorgona. No tenía serpientes sobre la cabeza y no había necesidad de evitar mirarla a los ojos. Estaba sentada en la sala de mi casa (que por supuesto no era mi casa) y el monstruo era una compañera que tuve en una clase de periodismo y que considero guapa. En el sueño, tenía la cara deforme: unas escamas extrañas le atravesaban el rostro. Llegó de visita con su mamá, para platicarle a mi familia que se iba a casar. No me acuerdo con quién.
Corte a:
Un aeropuerto que no conozco. Llego de un viaje que no recuerdo y, saliendo del avión, me está espera un corrector de estilo de la editorial para llevarme a mi casa. El tipo me da miedo y quiero salir huyendo.
Corte a:
Un borrego corriendo por el campo. Luego varias escenas sin sentido donde repito nombres como: Polideuco, Eurípides, Grayas, Jasón y tantos más.
Corte a:
Despierto y me siento como borracha.
Así las cosas cuando la mitología griega te consume el cerebro durante doce horas de un día de arduo trabajo.