Que daría yo por el placer de tocar aquel piano frente a la playa... Desprender, como ella, una de las maderas que lo contienen y escuchar las melodías resonando desde el interior. Qué daría yo por abandonarlo y mirarlo desde lejos, semihundido en la arena y con la espuma de las olas salando la canción que aún no ha sido tocada.
Una mirada por cada tecla, una caricia por cada nota irradiada por tus manos deslizándose sobre el teclado. ¿Para qué vocalizar, a la manera de los otros, si la voz también nace de la música? ¿Para qué pronunciar una palabra si los dedos sobre las blancas y negras hablan mejor que cualquier manifestación de la oralidad? Del sonido del piano, su amor por ti. De tu espalda contorneándose, su deseo. De tu mirada, la entrega. De su mutilación, tu espíritu lacerado; tu alma entonando la canción que te impida recordar la sangre sobre la tierra, la pérdida del apéndice que te transporta a ese paraíso sonoro al que sólo tú sabes remontarte.
¿Y si hubieras compartido, junto con tu piano, la tumba sagrada en el fondo de océano? Entonces la imagen se traduciría en lírica: el cuerpo inerte atado al instrumento que le otorgó vida. Porque ¿qué habría sido de tu existencia sin aquel hermoso piano con el que siempre hablaste aunque otros no escucharan?
-Música, 'Dreams of a Journey', de Michael Nyman para The Piano http://youtu.be/vJ3_pFGq5_I
sábado, 26 de marzo de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
Desencuentros (IV)
Después de 30 años de no saber nada de él, su hija le mostró la imagen digital de un desconocido. Las facciones ya no eran las mismas. El peinado había cambiado. Se enteró de que vivía cerca del mar y de que seguía vistiendo una bata blanca de lunes a viernes.
Le pidió a su hija que lo saludara y le dijera cuánto gusto le daba tener noticias suyas. Desde aquella playa, él respondió que la alegría era mutua. Ella fue –dijo– una mujer con la que compartió una parte inolvidable de su vida.
“¿La puedo llamar? Me gustaría verla.”
Claro que puedes llamarla. El teléfono de la casa es...
“Estaba marcando pero me llegó un paciente. Volveré a intentarlo el lunes por la mañana. ¿A las ocho está bien?”
Se conocieron en el sureste del país. Tenían poco más de 20 años cuando decidieron casarse. Días después de que él saliera de viaje para ir por su familia y formalizar, ella se arrepintió. Terminó la relación de un momento a otro. Él quedó destrozado. Ella se casó con alguien más. No es feliz. Nunca lo fue.
El lunes esperará la llamada tan pronto como termine sus primeras tareas de ama de casa: el desayuno para el marido, el trayecto de la casa a la escuela para llevar a su hija y luego, de nuevo, al hogar. Intentará controlar sus nervios. Deseará reconocer su voz.
Le advertirá que su figura ya no es la de antes (por si algún día vuelve del mar para visitarla, claro). Se aguantará las ganas de hablarle de su arrepentimiento por haberlo dejado y, con sus palabras, imaginará cómo hubiera sido su vida con él.
Cuando cuelgue el teléfono, empezará a llorar. Fantaseará con su regreso; una última oportunidad para escapar de su jaula de oro y volver a sentir sus manos mientras caminan juntos sobre la arena.
Música: 'I'm not in love', de John Barry para Indecent Proposal http://youtu.be/xFOCqZxRDU0
Le pidió a su hija que lo saludara y le dijera cuánto gusto le daba tener noticias suyas. Desde aquella playa, él respondió que la alegría era mutua. Ella fue –dijo– una mujer con la que compartió una parte inolvidable de su vida.
“¿La puedo llamar? Me gustaría verla.”
Claro que puedes llamarla. El teléfono de la casa es...
“Estaba marcando pero me llegó un paciente. Volveré a intentarlo el lunes por la mañana. ¿A las ocho está bien?”
Se conocieron en el sureste del país. Tenían poco más de 20 años cuando decidieron casarse. Días después de que él saliera de viaje para ir por su familia y formalizar, ella se arrepintió. Terminó la relación de un momento a otro. Él quedó destrozado. Ella se casó con alguien más. No es feliz. Nunca lo fue.
El lunes esperará la llamada tan pronto como termine sus primeras tareas de ama de casa: el desayuno para el marido, el trayecto de la casa a la escuela para llevar a su hija y luego, de nuevo, al hogar. Intentará controlar sus nervios. Deseará reconocer su voz.
Le advertirá que su figura ya no es la de antes (por si algún día vuelve del mar para visitarla, claro). Se aguantará las ganas de hablarle de su arrepentimiento por haberlo dejado y, con sus palabras, imaginará cómo hubiera sido su vida con él.
Cuando cuelgue el teléfono, empezará a llorar. Fantaseará con su regreso; una última oportunidad para escapar de su jaula de oro y volver a sentir sus manos mientras caminan juntos sobre la arena.
Música: 'I'm not in love', de John Barry para Indecent Proposal http://youtu.be/xFOCqZxRDU0
Etiquetas:
desasosiego,
desencuentros,
dessassossiego
domingo, 13 de marzo de 2011
XV.
El toreo no es graciosa huida sino apasionada entrega.
José Alameda
José Alameda
Gracias por el baile, belleza negra que tanto admiro y que quizá los mismos dioses imaginaron para poblar su mundo. Te vi levantando el polvo del ruedo con cada embestida y poco es decir que sentí el corazón paralizado. Tez de noche, trote perfecto de tus cuatro patas para llegar hasta el capote. Tu cuerpo monumental enfrentado a su fragilidad femenina. Ella mirándote a los ojos y danzando al compás de la música compuesta por sus movimientos. Tú erigiéndote a cada lado de su cuerpo, creando sobre la arena las sombras que desde las gradas aplaudimos. Un baile más, por favor; que no te falte el aliento para seguir demostrándome tu aprehensión por la vida. Dame más de tu carrera descompuesta en los tres tiempos que dura el arte. Si supieras de la magnificencia de su traje de luces y tu armonía a su alrededor... Si te vieras como el poema visual que se refleja sobre mis ojos al mirarte... Gracias, astado mío, por el enfrentamiento ante la mujer que sostenía la espada, y por esos ojos que cerró en un ingenuo afán por eternizar su gloria.
Música: Veronica Confesses, de Dangerous Beauty, cortesía de George Fenton
Etiquetas:
desasosiego,
dessassossiego,
toreo,
toro
martes, 1 de marzo de 2011
Apuntes sobre la evolución
Mucho se ha especulado sobre la posible y futura desaparición de ciertos órganos del cuerpo humano. Algunos ignorantes han planteado la fantasía de un porvenir sin meñiques en las manos o sin un solo dedo en los pies. La realidad es que prácticamente ningún biólogo evolucionista serio apoya esta idea (lo sé porque me lo dijeron algunos de los mejores del mundo cuando escribí un artículo sobre evolución).
Para mi desgracia, he comprobado que algunas partes del organismo resultan ridículamente indispensables y dudo que algún día lleguen a desaparecer: créanme, es imposible vivir si las yemas de los dedos medios de la mano.
Hoy me magullé el apéndice medio de la extremidad unida a mi antebrazo derecho. Donde antes solo existía una capa de epitelio ectodérmico –y huellas dactilares que podían apreciarse a simple vista– hoy se conserva una desagradable ampolla henchida de sangre. Y no, el problema no es su aspecto repulsivo, sino el dolor que provoca tan pronto entra en contacto con algo que no sea una sutil corriente de aire. Tiempo después del accidente, encontré el sufrimiento lavándome el cabello en la regadera, vistiéndome, enchinándome las pestañas con una cuchara, escribiendo un mensaje en el celular y tecleando en la computadora del trabajo. Por esa minúscula e insignificante herida, siento el tejido caliente y punzante, como si tuviera un corazón dentro y a punto de estallar.
Según los estudiosos de las teorías de Darwin, el cuerpo humano jamás perderá un órgano que sea necesario para subsistir. Hoy el gimnasio me llevó a convertirme en empirista y a creer en un mañana en el que los hombres del futuro podrán perderlo todo pero sin duda conservarán intactas las yemas de los dedos medios de las manos.
Para mi desgracia, he comprobado que algunas partes del organismo resultan ridículamente indispensables y dudo que algún día lleguen a desaparecer: créanme, es imposible vivir si las yemas de los dedos medios de la mano.
Hoy me magullé el apéndice medio de la extremidad unida a mi antebrazo derecho. Donde antes solo existía una capa de epitelio ectodérmico –y huellas dactilares que podían apreciarse a simple vista– hoy se conserva una desagradable ampolla henchida de sangre. Y no, el problema no es su aspecto repulsivo, sino el dolor que provoca tan pronto entra en contacto con algo que no sea una sutil corriente de aire. Tiempo después del accidente, encontré el sufrimiento lavándome el cabello en la regadera, vistiéndome, enchinándome las pestañas con una cuchara, escribiendo un mensaje en el celular y tecleando en la computadora del trabajo. Por esa minúscula e insignificante herida, siento el tejido caliente y punzante, como si tuviera un corazón dentro y a punto de estallar.
Según los estudiosos de las teorías de Darwin, el cuerpo humano jamás perderá un órgano que sea necesario para subsistir. Hoy el gimnasio me llevó a convertirme en empirista y a creer en un mañana en el que los hombres del futuro podrán perderlo todo pero sin duda conservarán intactas las yemas de los dedos medios de las manos.
Etiquetas:
desasosiego,
dessassossiego
domingo, 13 de febrero de 2011
Desencuentros (III)
La Dama caminó hacia la cama para sentarse escribir. Tarareaba ‘For all we know’. “Tomorrow may never come”, dijo Nina Simone.
Lo escuchó abrir la puerta del refrigerador. Dejó la computadora a un lado y se levantó para comprobar la vacuidad del clóset. Más espacio para ella y para los libros que colocó en entrepaños improvisados cuando él llego. Miró el sillón donde nunca más harían el amor. Percibió el último rastro de su loción en el pasillo y se imaginó el instante en el que ya no recordaría su aroma. Se permitió sufrir por adelantado.
Escuchó la caída de los frascos y empaques semivacíos en la bolsa de plástico del bote de basura. Botellas de Gatorade sin abrir, un paquete viejo de jamón serrano y tres envoltorios distintos de queso a medio terminar. El descuidado desplome de los cascos inservibles de cerveza resonó desde un contenedor de desperdicios por separado.
Se sintió tentada a salir del cuarto y pedirle que se quedara. Pensó también en verlo tomar las maletas y observarlo echando una última mirada al departamento que por tanto tiempo compartió con ella. Regresó a la computadora que dejó sobre la colcha roja y cerró los ojos con el conocido nudo atravesado en la garganta. Decidió que nunca más lo detendría.
El sonido de la cerradura fue casi inaudible. La Dama siguió tarareando. “Yes tomorrow, may never never come. For all we know”. Pasos alejándose al otro lado de la puerta principal y la historia comenzando a desdibujarse para reiniciarse como ‘un algo más’. Entonces empezó a escribir.
Lo escuchó abrir la puerta del refrigerador. Dejó la computadora a un lado y se levantó para comprobar la vacuidad del clóset. Más espacio para ella y para los libros que colocó en entrepaños improvisados cuando él llego. Miró el sillón donde nunca más harían el amor. Percibió el último rastro de su loción en el pasillo y se imaginó el instante en el que ya no recordaría su aroma. Se permitió sufrir por adelantado.
Escuchó la caída de los frascos y empaques semivacíos en la bolsa de plástico del bote de basura. Botellas de Gatorade sin abrir, un paquete viejo de jamón serrano y tres envoltorios distintos de queso a medio terminar. El descuidado desplome de los cascos inservibles de cerveza resonó desde un contenedor de desperdicios por separado.
Se sintió tentada a salir del cuarto y pedirle que se quedara. Pensó también en verlo tomar las maletas y observarlo echando una última mirada al departamento que por tanto tiempo compartió con ella. Regresó a la computadora que dejó sobre la colcha roja y cerró los ojos con el conocido nudo atravesado en la garganta. Decidió que nunca más lo detendría.
El sonido de la cerradura fue casi inaudible. La Dama siguió tarareando. “Yes tomorrow, may never never come. For all we know”. Pasos alejándose al otro lado de la puerta principal y la historia comenzando a desdibujarse para reiniciarse como ‘un algo más’. Entonces empezó a escribir.
Etiquetas:
desasosiego,
dessassossiego
lunes, 7 de febrero de 2011
Nacimiento
Todo inicia frente al territorio desconocido de una primera página en blanco. Del cursor parpadeante van formándose frases inconexas que dos manos inexpertas forjan para definir una idea que funcione como resumen de un libro recién leído. El escritor naciente se desconoce como tal. Las palabras elegidas son robadas. Constituyen voces extraídas de otros para crear significado. El aspirante termina satisfecho, entrega esa asignación inicial a la maestra y recibe felicitaciones marcadas con tinta roja sobre el papel.
A esa calificación aprobatoria le siguen muchas otras que, sin saberlo, inciden en su carácter. Los párrafos corregidos se instituyen como pequeñísimas muestras de una personalidad emergente. El candidato a narrador vuelve a recibir anotaciones que bañan la hoja de comentarios: modificaciones que atormentan su ego y señalamientos que despedazan la estructura que él veía tan clara con la impresión en las manos y luego de una última lectura. La dolorosa confrontación con su inexperiencia. Errores que se transforman en huellas y nuevas formas de experimentación como una segunda fase para acuñar sus rasgos silábicos y expresivos.
Luego el aprendiz se refugia en los libros. Apresa las construcciones de mentes ajenas y erige a sus ídolos. Sigue leyéndolos durante años. Se inspira de sus letras y, por un tiempo, toma prestado el estilo extranjero para hacerlo propio. De la lectura nacen también sus afectos y tendencias para crear nuevas tesis de ideas previamente estudiadas. Será el creador de asesinos y víctimas. De su genialidad habrá quien vuele sobre el lomo de un dragón y quien sienta la piel de gallina cuando una heroína reciba el primer beso de su gran amor. A través de su mirada algunos habitarán ruinas y castillos, otros sufrirán dentro de un campo de concentración nazi y unos más cuestionarán a Dios. Habrá ocasiones en que su obra será filosofía; propiciará la discusión. Será revisionismo y propuesta; exploración y conclusión.
Un día el practicante dejará de sentirse novato frente al vasto distrito de la página que aún no se ha escrito. En su intelecto se gestarán los párrafos con los que creará sentido y establecerá nuevas mitologías. Sus miedos ya no aflorarán de la incapacidad de cumplir con el quehacer de un estudiante. Temerá a la sequía de proposición, a la desecación del desafío y a la aprehensión del cliché. Le amedrentará el estancamiento y falta de renovación; el desinterés del lector y la indiferencia de la mirada receptora para quien engendrará sus composiciones.
Continuará en el intento. Afrentará la crítica y la apatía. Se vanagloriará del reconocimiento y la congratulación. Prolongará el ensayo durante años y moldeará su naturaleza escrita para dotar al discurso de unicidad. Definirá sus frases con una longitud determinada y perfeccionará la utilización de adjetivos que, estratégicamente combinados, las dotarán de una tonalidad específica. Del cursor desafiante ya no brotarán vocablos inconexos. En su lugar se expresará una identidad que otros reconocerán con facilidad: será la enunciación de la voz de un escritor naciente.
A esa calificación aprobatoria le siguen muchas otras que, sin saberlo, inciden en su carácter. Los párrafos corregidos se instituyen como pequeñísimas muestras de una personalidad emergente. El candidato a narrador vuelve a recibir anotaciones que bañan la hoja de comentarios: modificaciones que atormentan su ego y señalamientos que despedazan la estructura que él veía tan clara con la impresión en las manos y luego de una última lectura. La dolorosa confrontación con su inexperiencia. Errores que se transforman en huellas y nuevas formas de experimentación como una segunda fase para acuñar sus rasgos silábicos y expresivos.
Luego el aprendiz se refugia en los libros. Apresa las construcciones de mentes ajenas y erige a sus ídolos. Sigue leyéndolos durante años. Se inspira de sus letras y, por un tiempo, toma prestado el estilo extranjero para hacerlo propio. De la lectura nacen también sus afectos y tendencias para crear nuevas tesis de ideas previamente estudiadas. Será el creador de asesinos y víctimas. De su genialidad habrá quien vuele sobre el lomo de un dragón y quien sienta la piel de gallina cuando una heroína reciba el primer beso de su gran amor. A través de su mirada algunos habitarán ruinas y castillos, otros sufrirán dentro de un campo de concentración nazi y unos más cuestionarán a Dios. Habrá ocasiones en que su obra será filosofía; propiciará la discusión. Será revisionismo y propuesta; exploración y conclusión.
Un día el practicante dejará de sentirse novato frente al vasto distrito de la página que aún no se ha escrito. En su intelecto se gestarán los párrafos con los que creará sentido y establecerá nuevas mitologías. Sus miedos ya no aflorarán de la incapacidad de cumplir con el quehacer de un estudiante. Temerá a la sequía de proposición, a la desecación del desafío y a la aprehensión del cliché. Le amedrentará el estancamiento y falta de renovación; el desinterés del lector y la indiferencia de la mirada receptora para quien engendrará sus composiciones.
Continuará en el intento. Afrentará la crítica y la apatía. Se vanagloriará del reconocimiento y la congratulación. Prolongará el ensayo durante años y moldeará su naturaleza escrita para dotar al discurso de unicidad. Definirá sus frases con una longitud determinada y perfeccionará la utilización de adjetivos que, estratégicamente combinados, las dotarán de una tonalidad específica. Del cursor desafiante ya no brotarán vocablos inconexos. En su lugar se expresará una identidad que otros reconocerán con facilidad: será la enunciación de la voz de un escritor naciente.
Etiquetas:
desasosiego,
dessassossiego
jueves, 3 de febrero de 2011
“Eres lo que manejas”
El eslogan antes mencionado proviene de una campaña publicitaria de alguna compañía automotriz (cuyo nombre, por supuesto, no recuerdo). Tras escuchar semejante declaración, entré en pánico. Dado que soy la orgullosa dueña de una Caribe 84’, no pude evitar cuestionarme: ¿¡Qué demonios soy!? ¿Una-chica-modelo-clásico? ¿Una carcacha? ¿Un vejestorio? ¿Una joya extinta que debe cuidarse para preservarse como un ejemplar último y próxima a desaparecer? ¿Una indeseable por la masa?
Al pasar de las horas, mi angustia mudó al desacuerdo: no, no creo que la gente sea lo que maneja. Pienso que algunas personas ‘quieren ser’ lo que manejan; quieren hacer creer a otros que valen lo mismo que su coche.
Ejemplo A: Un colega de mi padre está invitado a una cena de médicos. No asiste porque no tiene dinero para comprarse un traje. Curiosidad: Maneja una camioneta Audi.
Ejemplo B: Un ex colega de mi ex novio vive pobre durante el 90%. Curiosidad: Mensualmente paga un BMW viejo, rayado y destartalado. No tiene un varo para disfrutar pero sí un vehículo con emblema de marca prestigiada bien limpiecito en la parte frontal y trasera del auto.
Ejemplo C: Un ex conocido se cambia de trabajo y, con mayores posibilidades económicas, también adquiere un modelo nuevo. Curiosidad: Le platico que estoy escribiendo sobre Dante. Cuando le pregunto si lo ha leído, me pregunta: “¿Él escribió Los siete magníficos?”.
De mis reflexiones concluyo el Manifiesto Teresista:
Al pasar de las horas, mi angustia mudó al desacuerdo: no, no creo que la gente sea lo que maneja. Pienso que algunas personas ‘quieren ser’ lo que manejan; quieren hacer creer a otros que valen lo mismo que su coche.
Ejemplo A: Un colega de mi padre está invitado a una cena de médicos. No asiste porque no tiene dinero para comprarse un traje. Curiosidad: Maneja una camioneta Audi.
Ejemplo B: Un ex colega de mi ex novio vive pobre durante el 90%. Curiosidad: Mensualmente paga un BMW viejo, rayado y destartalado. No tiene un varo para disfrutar pero sí un vehículo con emblema de marca prestigiada bien limpiecito en la parte frontal y trasera del auto.
Ejemplo C: Un ex conocido se cambia de trabajo y, con mayores posibilidades económicas, también adquiere un modelo nuevo. Curiosidad: Le platico que estoy escribiendo sobre Dante. Cuando le pregunto si lo ha leído, me pregunta: “¿Él escribió Los siete magníficos?”.
De mis reflexiones concluyo el Manifiesto Teresista:
- A mi no me define “un vehículo autopropulsado por un motor propio y destinado al transporte terrestre de personas o mercancías” (cortesía de Wiki).
- Espero que a todo PP (prepotente pendejo) que considere que su armatoste metálico no es un lujo (deseable, ok, pero no indispensable para vivir) sino un arma que le da el derecho de sentirse Zeus y manejar como cafre y sin educación alguna se le ponche una llanta y sufra.
- Que caigan las máscaras para todos aquellos que valoren su existencia de modo directamente proporcional a sus bienes materiales y muy buena suerte cuando se miren frente al espejo y deban enfrentarse ‘a su verdadero yo’.
Etiquetas:
desasosiego,
dessassossiego
Suscribirse a:
Entradas (Atom)